Llueve en Macondo (I)

Llueve. Macondo espera. Una plaga bíblica de lucidez ataca la memoria: los inventos llegados de todas partes, la frustrante alquimia, los primeros muertos paseando su soledad por las calles. La sangre bajo el sol del mediodía. Un diluvio para alejarla río abajo, para fantasear que somos otros. Pero, qué hay de la nuestra. Circula incansable en busca de lo genuinamente humano. Ojalá pudiera diluviar aquí dentro durante casi cinco años. Llevársela.

Macondo es el hielo que había de recordar el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, pronto a derretirse. Del magnífico témpano no quedaron ni la cal ni las hormigas. Tampoco los hombres.


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