Sobre galgos y hombres

En más de una ocasión, montado en mi bicicleta, me han salido al paso perros abandonados por sus dueños. Incluso me han atacado. Hace poco de hecho un par de pastores alemanes se fueron directos hacia mí con las fauces abiertas. La teoría dice que hay que bajarse y poner la bicicleta entre tú y el perro pero en la práctica echas a correr como si te persiguiera el diablo y aquella vez pude dejarlos atrás sin mayor problema. De entre todos los perros abandonados que he visto siempre me ha impresionado la dignidad de los galgos. Cada año al término de la temporada de caza los galgos ‘que ya no sirven’ son abandonados por los autodenominados ‘amantes de la naturaleza’. Bajan de la sierra en busca de algo que llevarse a la boca. Otros muchos no corren la misma ‘suerte’ ya que son ahorcados en el primer árbol que encuentran. También los he visto a ellos en alguna ocasión.

Hoy me topé con un galgo que se alzaba esquelético con toda la dignidad del mundo en mitad de la calzada. Bajo la lluvia. Ni medio ladrido al pasar a su lado. Alrededor decenas de chalets y casas adosadas. Me pregunto si algún niño de esas casas recibirá un perrito por Navidad, de esos que cuestan la mitad del sueldo en invierno y que acaban por no irse de vacaciones a la playa. Sigo mi camino, pedalear bajo la lluvia es duro pero se aprenden algunas cosas. Pasados unos kilómetros me vuelve la imagen del perro y la indignidad de los hombres.

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