Relatos Cortos(II) El viejo y los juguetes

Cuando el abuelo se despertó de la siesta fue corriendo, a su ritmo, a la habitación de sus nietos y mientras éstos jugaban absortos delante de la pantalla del ordenador, él iba cogiendo uno a uno los peluches aburridos en las estanterías, los juguetes escondidos, comidos por pelusas debajo de las camas, aquellos que hacinados en cajas sufrían dolores derivados de las posturas más comprometidas, superhéroes sin nadie a quien salvar… y no se olvidó de ninguno. Llenó todo el coche menos el asiento del copiloto y mientras los juguetes se asomaban a los cristales, el abuelo arrancó para perderse por la ciudad. Llevaba todo el año con la misma idea metida en la cabeza, pasada la novedad de los primeros días los niños se olvidan de sus juguetes y se tiran de cabeza al ordenador al que les une unos hilos invisibles, hoy en día sólo juegan a las maquinitas, se decía. Así que dirigió la tartana de otro siglo, repleta de peluches con la guantera hasta arriba de canicas como si se tratara de un cofre, al barrio más pobre de la ciudad donde los niños pobres seguro que apreciarían su botín. Era el día de navidad pero cuando llegó no encontró a nadie por la calle. El barrio estaba compuesto por casas de madera vieja, papeleras quemadas en las esquinas, farolas rotas a pedradas y un frío que vino a refugiarse entre los huesos del anciano una vez se puso el sol. Los muñecos tiritaban. Decidido a cumplir su propósito se entretuvo en dar vueltas con el coche por todo el barrio a poca velocidad como aquellos que buscando aparcamiento miran a todos lados. Por más que apretaba el entrecejo, mirando por encima de las gafas y a través de ellas, no vio a nadie. Sin embargo sentía como mil ojos le observaran desde mil lugares distintos. Pensó en marcharse pero no lo hizo, así que siguiendo con su plan aparcó delante de una casa cuyas ventanas escupían algo de luz. El abuelo se echó un dinosaurio a cada bolsillo, agarró una muñeca por el pelo y llamó varias veces a la puerta con el puño a falta de timbre. A la que hizo tres la puerta cedió por el mismo golpe y se abrió sola de par en par. En el centro de la sala se alzaba una mesa en la que jugaban a las cartas dos bicharracos de mucho cuidado y a la derecha del abuelo una negra hacía algún guiso en la cocina. Tras verlo la mujer se encerró de inmediato.

– Hombre ¿qué tenemos aquí? – dijo el que tenía un gorro en la cabeza.

– Es un pobre viejo, pasa joder. No te vayas a morir de frío – comentó uno mientras le salían tatuadas dos serpientes por la nuca.

– Gracias, de verdad que no hace falta –acertó a decir el viejo.

– Pasa. No me seas…- levantándose de la silla uno de ellos le invitó a sentarse en ella.

– Que no hace falta de veras yo me voy, no quería interrumpir… -antes de que acabara de terminar la frase el del gorro lo sentó bruscamente.

– No digas más tonterías, a ver ¿qué tienes para mí? – dijo el de las serpientes con un tono que aún parecía amable.

El abuelo sacó de los bolsillos los dinosaurios y la muñeca de debajo de la chaqueta y los puso encima de la mesa. Es para que jueguen vuestros hijos. Los dos hombres, el del gorro y el de las serpientes tatuadas se miraron uno al otro por un momento y arrancaron a reír con los ojos desencajados dando golpes sobre la mesa.

– Mira a ver si este gesto lo entiendes, esto es lo que yo pienso de tus juguetes –y le hizo un corte de manga al abuelo en toda su cara mientras se reía – y esto es lo que piensa mi amigo –el hombre del gorro le propinó un guantazo a mano abierta y hubiera perdido algún diente de tener alguno todavía- Te pregunto de nuevo ¿Qué tienes para mí? Espero que esta vez no me saques un puzzle, viejo –y diciendo esto se sacó una navaja del bolsillo interno de la cazadora y la clavó sobre la mesa.

– Está bien, está bien, ahora me doy cuenta por dónde vais. Uno viene aquí con las mejores intenciones y lo reciben a bofetadas. Supongo que es esto lo que queréis.- Sacó su cartera y soltó todo el dinero que tenía.

– Bueno parece que ahora vas entendiendo, viejo. Pero si crees que me vas a soltar veinte euros y vas a salir vivo de aquí lo llevas claro -el hombre tatuado señaló a la navaja- ¿Qué más tienes para mí?

El anciano se quitó la chaqueta, la correa y los zapatos poniéndolo todo encima de la mesa. De nada le hubiera servido pegar alguna voz y no confiaba en que la negra de la cocina llamara a la policía. Se encontraba realmente solo.

– ¿No habrás venido aquí andando con el frío que hace? Suelta las putas llaves del coche.

Las dejó sin más. Poco le serviría el coche si no salía de una pieza. Ahora sí, agarrándose los pantalones con una mano para que no se le cayeran,  un dinosaurio en cada bolsillo y una muñeca cogida por el pelo fue echado a correazos y a patadas para dar de boca en la acera. La negra abrió la ventana de la cocina y le tiró un par de zapatos viejos, era lo más que podía hacer. El anciano, que aquella tarde había envejecido unos años, se durmió de la pena.

Él aún no lo sabe pero aquella tarde mientras le estaban robando todo cuanto tenía, los niños del barrio que habían seguido el deambular incierto del coche que los buscaba, habían abierto su puerta, la que el abuelo había dejado abierta por puro despiste, y abrazaron por primera vez un juguete. Algunos lo intentan despertar para que él también tenga con quien jugar.

Pedro Pablo
(19/11/2010)

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