Relatos Cortos(I) Nunca es suficiente

Un niño que corría y saltaba se fijó una vez en un joven que era el foco de atención de otros niños, popular entre sus amigos y jugaba en el equipo de fútbol de la escuela. Quiso acelerar el tiempo para ser como él, así que pestañeó un par de veces, y cuando quiso darse cuenta el niño se aburría demasiado siendo joven. Entonces observó a un hombre y se dijo que allí se encontraría la felicidad: los hombres tienen un coche, una casa donde vivir con su mujer y sus hijos, el suficiente dinero para poder hacer cuanto les plazca. De repente llegó el coche, se instaló en una casa confortable junto a su mujer y llegó a ser padre, tomando cuantas decisiones estaban al alcance de su mano. Hasta que una mañana se miró frente al espejo y se percató de que ese hombre se había convertido en un viejo con las facultades mermadas, pero pese a ello afirmándose en su propia voluntad se dijo: “No es suficiente”. Aquella misma noche el viejo soñó que le crecían unas grandes alas blancas y al despertarse se encontró con las fuerzas recobradas entre un sinnúmero de ángeles en algún punto del firmamento. Tras el asombro inicial y después de muchas conversaciones que se le antojaban cada vez más intrascendentes el ángel puso su mirada en otros nueve, llamados serafines, que servían al mismo Dios y que vistiendo ropas doradas, ordenaban el curso de los cielos. Ansió ser uno de ellos y tras suplicarle a Dios cuantas veces pudo y de cuantas maneras se le ocurrieron, la ambición le salió por los ojos en forma de lágrimas de fuego y todo su cuerpo etéreo se realzó con una belleza imponente y terrible hasta que otros dos pares de alas estallaron en su espalda y toda su ropa se impregnó del color del oro. Así que abriéndose paso a empujones y desdeñando a los demás ángeles se acercó al trono y el Todopoderoso lo alzó a su diestra como un serafín cualquiera. Forzó un gesto de agradecimiento y con el tiempo el nuevo serafín, cansado ya de entonar la canción de las esferas y de dirigir el orden de los cielos, miró con desprecio a Dios: no soportaba su desidia, ni su cara de anciano sabio y ante todo lo demás anhelaba su cetro que brillaba con la luz de mil estrellas; así que en cuanto tuvo la oportunidad de quedarse a solas con el Altísimo, desplegó sus alas y su ira lo arrojó contra el cetro descuidado. Otro Dios se alzaba ahora como dueño y señor de toda la creación. Miles de milenios después el nuevo Dios no sabía cómo acomodarse en el trono, todas las órdenes que dictaminaba eran repetidas y ya no soportaba tanta obediencia servil así que replegó sus alas alrededor de su cuerpo y miró en completa oscuridad y por vez primera hacia atrás, dando saltos entre los acontecimientos de su existencia, encontrando abismos inmensos de poder y de ambición y se dio cuenta de que sólo fue feliz muchos miles de milenios atrás cuando de niño corría y saltaba sin ningún poder sobre las cosas. Así que por última vez ansió con todas sus fuerzas y desde lo más profundo y antiguo de su ser que alguien terminase sus días, desplegó sus imponentes y terribles alas y arrojó el cetro a la multitud, un cetro que brillaba con la luz de mil estrellas.

Pedro Pablo

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