Cuando todas las horas eran las mismas

Rebuscando entre algunos cuadernos viejos encontré no sin sorpresa el segundo capítulo de mi memoria. Nótese bien que no dije de ‘mis memorias’, ya que como escribo en sobre mí, filmé mi propia historia indigna de ser proyectada, esto es, indigna de ser contada. Todos tenemos lo que los científicos llaman los primeros instantes después del big bang, después del comienzo del universo, al fin y al cabo todos tenemos nuestro propio universo. Pues bien, aquí dejo el párrafo que me cogió por sorpresa al ser la continuación sin quererlo del primer recuerdo, el siguiente instante de luz y de consciencia: conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones.

Los barrotes de la cuna, fríos y metálicos, son mi siguiente imagen. Luego viene el despertar de un día cualquiera, cuando todos los días eran iguales, cuando todas las horas eran las mismas, en el dormitorio de mis padres, sobre las mantas calentitas y cariñosas entre mis dedos pequeñines. Recuerdo haber mirado al techo, blanco e inalcanzable, recuerdo el espejo de la cómoda y la almohada que me protegía ante mis vaivenes inexpertos de un abismo de medio metro.

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