Una noche estrellada

Este es un pequeño relato de mi amiga Conchi, me asombra todo lo que puede escribir en un rato y la facilidad de pasar de unas acciones a otras, también de la profundidad, la tristeza y el romanticismo (no pastelosismo) de sus letras. Este post va por ti amiga mía, aunque haya salido de tus manos, para que siempre encuentres en tu cielo lo que buscas.

Sentí la necesidad de mirar al cielo, y no encontré nada en él. Era una nada infinita y oscura que me trasmitía demasiada paz. De un estanque emergían pétalos de rosa y aquellos pétalos se hundieron en una espiral; en una espiral de confusión. No recuerdo en que momento perdí la noción del tiempo, simplemente me detuve frente al estanque y viaje, ¿en mi memoria?, ¿en mi inconsciente?, no sé…

Escuché las notas de un violín a lo lejos y sentí como la tierra se abría bajo mis pies. Me caí dentro de unas catacumbas rodeadas de viejas glorias, de ruinas del pasado más antiguo. Giré la cabeza hacia la derecha, y entre todas esas cosas, me llamó la atención un espejo de tamaño similar al de una pantalla cinematográfica. No me vi reflejada en él. Empecé a ver imágenes de los acontecimientos más importantes de la historia, desde los más remotos hasta los más modernos. Recuerdo ver catedrales de diversos estilos y cuadros emblemáticos que representaban un momento puntual histórico o que sin más transmitían sentimientos. Entre las imágenes vi caras conocidas que cambiaron el transcurso de los años y el pensamiento de las masas. Las imágenes empezaron a acelerar cada vez más y más rápido. Me hallaba envuelta en un torbellino; en un carrusel de colores y formas distintas. De pronto, el espejo proyectó un mundo animado, un mundo gris en donde todo lo que existía en él se movía de forma mecanizada. En donde no había tiempo para llorar, sentir, amar o soñar. En donde el ser humano era esclavo del tiempo y la creatividad y la belleza murieron, ya que la muerte era la dueña de la vida de los zombies pasacalles del futuro. Los edificios eran metálicos y opacos y se coloreaban de óxido. El paisaje era desolador, y lloré y me lamenté…Me sentí impotente y rabiosa; toda la humanidad que habitaba en mí en esos momentos, la descargue contra ese maldito espejo; golpeándolo con los objetos que encontraba a mi alrededor, y mientras golpeaba pensaba que no deseaba estar en ese mundo gris y robotizado. Para mi sorpresa, el cristal no se rompía, ni siquiera logré hacerle una pequeña brecha, y me senté desolada en el suelo con la cabeza recostada sobre mis rodillas…

Noté una mano posarse sobre mi hombro. Giré la cabeza y el cuerpo entero para saber quien era esa persona. Se trataba de un hombre pelirrojo de mirada triste y melancólica, con nariz alargada y barba. Tenía una oreja vendada y una manera de vestir bastante peculiar, ya que no iba acorde con la fecha actual. Él me miró y me dijo que no me preocupara, que aunque el mundo futuro se viera muy grisáceo, seguirían existiendo personas sensibles y originales que dejarían su huella de color en ese desintegrado paisaje. Le pregunté, por mi curiosidad innata, qué le ocurrió en la oreja: se la cortó, me dijo. Me comentó, también, que fue un pintor que no vendía cuadros y que pasó muchísimas penurias en su momento. Me enseño un cuadro suyo que se titulaba “noche estrellada”.

– Las estrellas son tu camino y aún te queda mucho de él que recorrer -dijo el hombre pelirrojo- En la “noche estrellada” no existe la nada, lo absurdo, ni el abatimiento.

Cuando me quise dar cuenta, el hombre pelirrojo desapareció, y entre un montón de cofres y de más trastos de la antigüedad, vi unas escaleras de caracol que ascendían a una puerta. Eché la última ojeada al cuadro de la “noche estrellada”, miré de nuevo las catacumbas y el espejo gigante, esta vez sin proyección alguna, y me dispuse a quitar todos aquellos trastos y demás parafernalia que había delante de las escaleras para subirlas. Subí y abrí la puerta. Había una habitación bien iluminada y todo lo que allí se encontraba era de color blanco. Solamente, en el centro de la sala, se hallaba un sofá, una mesita y una lámpara. En un rincón de la habitación, en cuclillas, me miraba un hombre medio calvo y que, el poco pelo que le quedaba, era blanco. Tenía una mirada profunda y una espesa barba. Vestía un traje de chaqueta y estaba fumándose un puro. Se levantó, se acercó a mí y me saludó. Su expresión de seriedad me imponía respeto. Le conté mi situación y el porqué estaba allí. De vez en cuando, me hacía preguntas sobre mi infancia como por ejemplo: si me relacionaba mucho con otra gente, si me costaba establecer una conversación…El hombre de mirada profunda anotaba todas mis respuestas en una libreta y se quedaba muy atento a todo lo que hacía: mis gestos, cómo me desenvolvía hablando…Levantaba una ceja si no lo miraba directamente a sus ojos, y se quedaba serio asintiendo con la cabeza a todo lo que decía. Así, sin más, estiró su brazo derecho hacia mí y abrió la palma de la mano mostrándome unos pétalos de rosa mojados, y ordenó que saliera de mi sueño.

Eran las cuatro de la mañana y me quedé perpleja mirando al techo de mi habitación. Estaba intentando recordar las caras de los hombres que aparecían en mi sueño, creía haberlos visto en algún lugar. Como si se tratase de un dejuvi recordé el cuadro de la “noche estrellada” y me pregunté: ¿Van Gogh?, y la orden que me dio aquel hombre de mirada profunda: “Sal de tu sueño”. ¿Freud?

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4 respuestas a Una noche estrellada

  1. cèlia dijo:

    igualito que el que he echo yo (es broma)

  2. Job dijo:

    Una noche estrellada… o una noche con las estrellas. vaya que la soñadora amiga estaba sumergida en la profundidad de la noche de sus sueños pero estas estrellas que vio en medio de la oscuridad le ayudaron a ver la luz vea! que bonito sueño.

  3. alejandro dijo:

    Muy buena!..

    Me gusta la parte del espejo, lo que ahi se refleja es algo que sucede y no podemos detener, pero “seguirían existiendo personas sensibles y originales que dejaran su huella de color en ese desintegrado paisaje”.

  4. jonathan dijo:

    mas tonto i no nazes

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